Un día negro
Un día negro
Ayer había sido uno de esos días cargados de tensión, su proyecto estaba entre los dos finalistas y hoy se fallaba en concurso. Estaba realmente nervioso. No es que aquello significara el reto más importante de su vida, pero si era un orgullo y un privilegio el ser elegido ganador, a parte, claro está, de los dividendos que le aportaría. Recibió la llamada telefónica tan esperada. Su proyecto había sido seleccionado en segundo lugar. Adiós fama. Adiós satisfacción. Adiós éxito y prestigio. Su reputación no alcanzaría en esta ocasión la gloria. En fin. Ser segundo tan sólo le reportaría las migajas, un consuelo menor, un trabajo más arduo que hacer y peor pagado, habría de ocuparse de la parte flaca del león.
Desayunó a mediodía en compañía de una de sus secretarias, como solía hacer desde hace tres meses, y los rumores habían empezado a circular en su círculo de amigos y conocidos y esos rumores habían llegado a oídos de ella que ese mismo día estaba dispuesta a cercenar, tenía una reputación que mantener.
Primero había perdido el proyecto y ahora perdía la compañía de una muy linda y agradable mujer con la que se sentía muy bien. Siempre había dicho que esos ratos que pasaba desayunando con ella eran los únicos momentos de placer que le hacían la vida más agradable en el trabajo y ahora debían dejarlo, a petición de ella, por cortar de raíz los malintencionados comentarios de mentes ociosas. No había insistido mucho, ella se lo pidió tan encarecidamente que él, a pesar de no darle importancia a las habladurías, le dijo que se sentiría muy solo, pero no le importaba, eso si, seguirían celebrando los cumpleaños juntos y algún que otro día especial.
Era el hombre más tranquilo del universo. En vez de enojarse, simplemente se entristeció un poco y pensó en cual sería la siguiente desgracia que le acaecería aquel día.
Le llamaron de la guardería, su hijo tenía unas décimas de fiebre, su mujer no tenía tanta facilidad de abandonar su trabajo, así que él se acercó al colegio, recogió al niño y lo llevo a casa de los abuelos para que pudieran quedarse con él y llevarlo al médico. Al parecer eran unas pocas décimas, no era la primera vez que le llamaban, aquella gente, cuando notaban el más mínimo síntoma llamaban a los padres, en parte por el peligro que podría suponer para el resto de niños algún contagio, como para el propio niño, no querían hacerse cargo de que algo peor ocurriese, al fin y al cabo era comprensible, eran niños, y no podían hacerse responsables de que algo les ocurriese.
Al regresar al trabajo, en un cruce, un coche embistió contra el suyo. ¡Zas!. Un golpe en el lateral. Un golpe de chapa, sin heridos, pero con la consiguiente molestia.
Menudo día más horrible, y aun eran las doce del mediodía.
Esa noches, antes de acostarse, le dio un beso de buenas noches a su hijo, que dormitaba tranquilamente, y pensó en lo feliz que se sentía en ese momento. Le dio otro beso a su mujer y sintió que era feliz entonces, en ese instante.
Y
¿Ya está?
¿Eso es todo?
Sí. Eso es todo.
¿Es que acaso debería buscar más desgracias? ¿Algo trágico, cruel, morboso? Algo así como una enfermedad incurable, un asesinato, la ruptura de un matrimonio. No.
¿Es que acaso debería buscar más desgracias para acabar diciendo que la felicidad se siente, que no se tiene? .
Ayer había sido uno de esos días cargados de tensión, su proyecto estaba entre los dos finalistas y hoy se fallaba en concurso. Estaba realmente nervioso. No es que aquello significara el reto más importante de su vida, pero si era un orgullo y un privilegio el ser elegido ganador, a parte, claro está, de los dividendos que le aportaría. Recibió la llamada telefónica tan esperada. Su proyecto había sido seleccionado en segundo lugar. Adiós fama. Adiós satisfacción. Adiós éxito y prestigio. Su reputación no alcanzaría en esta ocasión la gloria. En fin. Ser segundo tan sólo le reportaría las migajas, un consuelo menor, un trabajo más arduo que hacer y peor pagado, habría de ocuparse de la parte flaca del león.
Desayunó a mediodía en compañía de una de sus secretarias, como solía hacer desde hace tres meses, y los rumores habían empezado a circular en su círculo de amigos y conocidos y esos rumores habían llegado a oídos de ella que ese mismo día estaba dispuesta a cercenar, tenía una reputación que mantener.
Primero había perdido el proyecto y ahora perdía la compañía de una muy linda y agradable mujer con la que se sentía muy bien. Siempre había dicho que esos ratos que pasaba desayunando con ella eran los únicos momentos de placer que le hacían la vida más agradable en el trabajo y ahora debían dejarlo, a petición de ella, por cortar de raíz los malintencionados comentarios de mentes ociosas. No había insistido mucho, ella se lo pidió tan encarecidamente que él, a pesar de no darle importancia a las habladurías, le dijo que se sentiría muy solo, pero no le importaba, eso si, seguirían celebrando los cumpleaños juntos y algún que otro día especial.
Era el hombre más tranquilo del universo. En vez de enojarse, simplemente se entristeció un poco y pensó en cual sería la siguiente desgracia que le acaecería aquel día.
Le llamaron de la guardería, su hijo tenía unas décimas de fiebre, su mujer no tenía tanta facilidad de abandonar su trabajo, así que él se acercó al colegio, recogió al niño y lo llevo a casa de los abuelos para que pudieran quedarse con él y llevarlo al médico. Al parecer eran unas pocas décimas, no era la primera vez que le llamaban, aquella gente, cuando notaban el más mínimo síntoma llamaban a los padres, en parte por el peligro que podría suponer para el resto de niños algún contagio, como para el propio niño, no querían hacerse cargo de que algo peor ocurriese, al fin y al cabo era comprensible, eran niños, y no podían hacerse responsables de que algo les ocurriese.
Al regresar al trabajo, en un cruce, un coche embistió contra el suyo. ¡Zas!. Un golpe en el lateral. Un golpe de chapa, sin heridos, pero con la consiguiente molestia.
Menudo día más horrible, y aun eran las doce del mediodía.
Esa noches, antes de acostarse, le dio un beso de buenas noches a su hijo, que dormitaba tranquilamente, y pensó en lo feliz que se sentía en ese momento. Le dio otro beso a su mujer y sintió que era feliz entonces, en ese instante.
Y
¿Ya está?
¿Eso es todo?
Sí. Eso es todo.
¿Es que acaso debería buscar más desgracias? ¿Algo trágico, cruel, morboso? Algo así como una enfermedad incurable, un asesinato, la ruptura de un matrimonio. No.
¿Es que acaso debería buscar más desgracias para acabar diciendo que la felicidad se siente, que no se tiene? .
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